Plantar un bosque es una inmensa analogía de la vida. Pocos sabes cómo hacer extraer semillas sanas que guarden en sí el potencial de un enorme cedro, o la versatilidad de la ceiba, e incluso la verticalidad del pino y su aroma navideño. Tampoco es muy común que se sepa cómo hacer germinar esa semilla y que su vástago pueda plantarse oportunamente. Eso sí, muchas personas saben que la mejor época para plantar un bosque es la temporada de lluvias, que en los trópicos algunos llaman como «invierno», aunque hierva de calor la Guatemala de este agosto.
Así vamos por la vida, esperando que las lluvias caigan, deseando el verdor y el florecer de los jardines después de las primeras precipitaciones, tímidas y tenues, sobre nuestro cabello y nuestros rostros. ¿Por qué esa prisa de correr de la lluvia? Agua somos, y probablemente en agua cósmica se vayan a transformar algunos de nuestros átomos. Esperamos con impaciencia que nuestra vida florezca y crezca. No pasa así. Los días, sus noches silenciosas, las tardes apresuradas, pasan uno tras otro como sílabas de un último deseo.
Hay bosques que tardan décadas, otros incluso siglos, en mostrar toda su inmensidad, su frescura, su oxígeno al que debemos tanto. La paciencia no es precisamente un don, mucho menos una conquista; más pareciera una anomalía del comportamiento. ¡Cuánto daríamos por ver aquellos bosques virginales que los nativos pudieron caminar! La premura de ver crecer la vida, la prisa por recoger los frutos no sembrados, la tentativa de emprender un sueño cuando apenas brotan las primeras semillas. Solemos ver la tala ajena y no la sequía propia. Nos pasa. Nos pesa.

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