viernes, 11 de noviembre de 2022

Décimas

Origina el pedernal

al tiempo y al devenir,

por su ausencia el sufrir

se convierte en infernal.

El presente es espectral,

nada real se concretiza,

sin la mácula enfermiza

el miedo torna profundo,

Inevitable y rotundo

que el futuro pulveriza.



jueves, 10 de noviembre de 2022

Creatividad, motivación y emoción

 Yo busco que descubras,

que te encuentres,

que te sepas finito y perpetuo a la vez.

No busco méritos en tu nombre,

no asumo que eres perfecto ni perfecta,

quizá seas intención perpetua,

propósito alcanzable,

misión posible.


Patronímicos

 ¿Hasta dónde importan los apellidos? Cuando entré a la escuela mis apellidos eran "Mérida Pivaral". Y así aprendí a escribirlos a los ocho años, un año después del fallido intento de iniciar la escuela a los siete, cuando me despertaban para ir a estudiar y yo salía conque me dolía la panza, la cabeza, estaba mareado o tenía náuseas. Pasaron los primeros años de la escuela y yo me sabía "Mérida Pivaral" porque eran los apellidos de mis hermanos, que en realidad eran mis tíos. Por el tercer año resulta que me llamaron de la dirección, que dizque porque esos no eran mis apellidos. Llamaron a mi mamá, que en realidad era mi abuela, para decirle que llevara una "fe de edad" para verificar que ese par de palabras fuesen en realidad identificativas de mi persona y no de otra. Pues resulta que me dijeron que no, que yo no era "Mérida Pivaral" sino que solo "Mérida" porque ese era el primer apellido de mi mamá, que como yo no tenía papá (puro Jesucristo) solo tenía "derecho" a usar el apellido de la mamá que no conocí. Total, me obligaron a escribir solo "Mérida" y así crecí con el asombro de acortar mi apellido por razones que yo no entendía.



¿Qué tanto influye el "linaje" o la "alcurnia" en la percepción que tenemos de las personas? En la ciudad - pueblo donde vivo es común que la gente, sobre todo la más longeva, suela relacionar a los jóvenes por el apellido o parentesco con los habitantes mayores. Que si fulanito es hijo de don zutano, que si menganita es sobrina de la nuera de doña tal por cual; cosas por el estilo que pretenden dar identidad por medio de otros. Pareciera que hay ciertos estamentos que son dados a priori por utilizar un apellido. A la tradicional excusa de los jóvenes sobre la vida de "Yo no pedí nacer" habría que agregar: "yo no pedí portar esos apellidos". Me parece que hay cierta "apellidocracia" para garantizar identidad personal y sensación de pertenencia. Y no solo a nivel de "pueblo" o de "masa", sino que en esferas de las clases más acomodadas hay todavía más apego al abolengo. Martha Elena Casaús Arzú hace una excelente relación de cómo las familias históricamente influyentes se han posicionado y cohesionado dentro del protagonismo del país.

viernes, 15 de octubre de 2021

Esos pliegues de ayer

 

¿Por qué nos quedamos en aquellos lejanos días de la infancia? ¿Por qué ese placer por volver a sentir la inocencia de cuando no teníamos miedo al mañana? Definitivos los pasos, las miradas, los suspiros y los remordimientos, las lamentaciones, los arrepentimientos, las discrepancias, las dudas, los tropiezos, los errores, los pecados, las culpas, los arrebatos y las cargas que nos duelen. ¡Si tan solo hubiéramos sabido de las consecuencias de nuestros actos con lucidez y precisión! No hay marcha atrás, de los pliegues del ayer solo quedarán nuestros nombres sobre el mármol y nuestros vestigios en pocas mentes. No hay marcha atrás, definitivamente. Y nuestros días transitan en penumbras, entre alboradas y crepúsculos que nos asombran todavía.

viernes, 14 de agosto de 2020

creyentes

Cada verdad cae por su propio peso. En nuestras manos, el dogma más defendido, se convierte en una duda, en un parecer muy personal. Creer o no creer. Mentira tras mentira. No vayas por el mundo soltando mentiras, al final del día ni tú creerás. Defender tu posición, tu privilegio, tu interés inmediato. Haces de la verdad tu propiedad. La verdad te posee... La apariencia también.

lunes, 10 de agosto de 2020

Sobre la premura de ver crecer los bosques

 


Plantar un bosque es una inmensa analogía de la vida. Pocos sabes cómo hacer extraer semillas sanas que guarden en sí el potencial de un enorme cedro, o la versatilidad de la ceiba, e incluso la verticalidad del pino y su aroma navideño. Tampoco es muy común que se sepa cómo hacer germinar esa semilla y que su vástago pueda plantarse oportunamente. Eso sí, muchas personas saben que la mejor época para plantar un bosque es la temporada de lluvias, que en los trópicos algunos llaman como «invierno», aunque hierva de calor la Guatemala de este agosto. 
Así vamos por la vida, esperando que las lluvias caigan, deseando el verdor y el florecer de los jardines después de las primeras precipitaciones, tímidas y tenues, sobre nuestro cabello y nuestros rostros. ¿Por qué esa prisa de correr de la lluvia? Agua somos, y probablemente en agua cósmica se vayan a transformar algunos de nuestros átomos. Esperamos con impaciencia que nuestra vida florezca y crezca. No pasa así. Los días, sus noches silenciosas, las tardes apresuradas, pasan uno tras otro como sílabas de un último deseo. 
Hay bosques que tardan décadas, otros incluso siglos, en mostrar toda su inmensidad, su frescura, su oxígeno al que debemos tanto. La paciencia no es precisamente un don, mucho menos una conquista; más pareciera una anomalía del comportamiento. ¡Cuánto daríamos por ver aquellos bosques virginales que los nativos pudieron caminar! La premura de ver crecer la vida, la prisa por recoger los frutos no sembrados, la tentativa de emprender un sueño cuando apenas brotan las primeras semillas. Solemos ver la tala ajena y no la sequía propia. Nos pasa. Nos pesa.

sábado, 8 de agosto de 2020

bitácora de un jornal

Hay días en que las tormentas son por dentro, días que son noches y noches como sepulcros. Despertar es volver a dormir y las lecturas de costumbre se convierten en gritos de auxilio que nadie responde. Vivir por vivir, por instinto, impelidos a postergar la caricia y lo puro del abrazo.
Quizá haya una siembra esporádica: unas palabras pensadas que llegan tarde, unos argumentos que tuvieron que haber llegado a la corteza frontal desde hace rato, pero la vida y su ímpetu se encargó de esconderlos. Así nos pasa, trabajo, ocio, afecto, rutinas perennes que nos fragmentan y nos ponen en el laberinto desde solo miramos hacia arriba.